Recordar es vivir
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Recordar es vivir

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Recordar es vivir

31/05/2019

¡Recordar es vivir! El próximo 7 de agosto cumpliré 86 años e igual que sigo viendo hacia el futuro y trabajando intensamente, ahora en cuestiones sociales y sin remuneración alguna, me gusta voltear hacia el pasado y recordar los días felices de mi juventud.

Julio de 1951. Cursaba yo el tercer año de la carrera de contador público en mi queridísima UNAM cuando decidí conocerla en sus tripas, vivirla intensamente y definir si había sido un acierto o un error el haber tomado la decisión de seguir esa carrera. Mi primer trabajo, sólo por unos meses, había consistido en manejar tarjetas de inventario en el Hospital de Nutrición, lo que me pareció lo más aburrido del mundo ¿Eso es la contaduría pública? Tenía que despejar esa duda a la tierna edad de 17 años, en plena adolescencia (en aquel entonces pasaba uno directamente de la secundaria a la universidad).

Toqué la puerta del despacho más prestigiado de México, el despacho de D. Roberto Casas Alatriste, y me entrevisté con quien, llegado el caso, sería mi jefe inmediato: D. Agustín H. Rosenblueth

*¿Por qué quiere trabajar con nosotros?

*Porque quiero practicar la auditoría en el mejor despacho de México

* ¿No está usted muy chamaco para iniciar un trabajo de alta responsabilidad?

*¿Tiene usted, D. Agustín, a otros chamacos en su grupo y le han dado resultado?, yo también se lo daré.

Preguntas van y vienen y las respuestas no se hacen esperar, hasta que…

+¿Cuánto desea usted ganar?

* Dígamelo usted D. Agustín, yo no tengo idea

*¿Qué le parecen $250 al mes?

* Aceptado

* ¿Cuándo empieza?

*Mañana, hoy aviso al Hospital que ya no regreso

*¡No, tómese una semana y no deje la chamba de esa manera!

*Bien, el lunes comenzamos.

Nos dimos la mano y todo arreglado.

Haciendo cuentas, el dólar en aquel entonces estaba a $8.65, lo que quería decir que mi sueldo ascendería a un dólar diario, aproximadamente

¡Me vale! Dije yo, lo que me importa es aprender, ser aprendiz, y decidir si la contaduría pública es o no lo que quiero en la vida. Y así fue.

Mi hijo, el tercero, se llama Agustín, en honor a aquel gran hombre que reunía una enorme capacidad técnica, maestro entre los maestros, con una capacidad de enseñanza que aún ahora me sorprende. Enseñanza no sólo técnica, sino humana, impregnada de valores, de la aceptación y provocación del debate, de no aceptar las cosas porque alguien importante lo dice, de cuestionar, de encontrar el camino de la verdad a través del razonamiento.

Don Agustín, como lo llamábamos cariñosamente sus pupilos, nos reunía a su pequeño grupo de ayudantes alrededor de su mesa (los marineritos de D. Agustín, nos llamaban los ya importantes “seniors” del Despacho), nos revisaba lo hecho y encargaba el trabajo del día o de la semana. Cada reunión era una cátedra de la vida real y más valiera tener las respuestas a las preguntas, pues su juicio era implacable ¡Cuántas veces fui a llorar a mi escritorio por la dureza de aquel hombre! Dureza de un maestro duro, exigente, sabio y con un inmenso cariño y respeto a la juventud. La ética, los valores profesionales y humanos, el respeto al cliente, el amor a la verdad, la subsidiaridad (que no haga el maestro lo que puede hacer el alumno, entre otras cosas), la solidaridad, eran asuntos que se incrustaban en nuestras entrañas y formaban parte de nuestro ser y nuestro vivir.

Grandes maestros nos rodeaban a todos aquellos chamacos. Uno de ellos, el más famoso y notable, era ni más ni menos que D. Roberto Casas Alatriste, pilar no sólo de su despacho al que nos enseñó a amar intensamente, sino pilar también de nuestra profesión. Contador Público que brillaba con luz propia tanto en México como en el extranjero. Hombre que era la fuente de donde partían los valores que sus socios y todo el personal absorbíamos sorbo a sorbo. Hombre que hizo historia en la profesión.

Fui socio de la firma a los 24 años y gocé intensamente los 28 años que colaboré en ese Despacho, en mi Despacho. Me retiré a los 45 años para satisfacer mi inquietud de ingresar al mundo empresarial, en el cual sigo inmerso a través de sus organismos representativos de los que soy consejero y expresidente de uno de ellos, mi querida Coparmex.

Honor a quien honor merece, el Despacho Roberto Casas Alatriste fue mi Alma Máter, me forjó no sólo como contador público, sino como hombre de bien, intransigente en la defensa de los valores que aprendí en mi adolescencia.

Recordar es vivir

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.